En febrero la Corte Suprema y Fiscalía presentaron un informe sobre la situación carcelaria del país. Hacinamiento, falta de alimento y horarios extensos de aislamiento son problemas que arrojó este estudio. Khristian Briones sabe bien de lo que hablan. Estuvo 10 años preso y aunque salió el 2004, comenta que la mala situación carcelaria está peor. Por eso creó la fundación “Sálvate para Salvarnos”, que ayudará a la reinserción laboral y social de personas que estuvieron privadas en libertad, para que así no vuelvan a la cárcel.

Fotografía del Twitter @khristianbrio. Noticia es propiedad de BasePública. 

He pasado un cuarto de mi vida preso. Un día de 1994 pisé la Penitenciaría de Santiago por primera vez por robo con intimidación. Me sentía asustado, pero sabía que debía ser choro para sobrevivir. En el Sename, en donde estuve cinco años por robo, ya me lo habían advertido. Tenía apenas 18 años. Ahora a mis 42 años, puedo decir que en ese lugar viví lo peor de mi vida.

En la cárcel me trataron peor que a un animal. Al principio dormí en piezas de 3x4 metros cuadrados, que eran para cuatro personas, pero que en realidad dormíamos seis, diez y hasta 20 reos. Algunos dormían en el piso y arriba de ellos se colgaban 3 filas de hamacas. En algún minuto me tocó tanto hacinamiento en la pieza que me fui a dormir a una Chara, una carpa con frazadas que instalamos en el exterior del edificio para no estar tan hacinados en las celdas. El patio cada vez se hizo más chico. Generalmente los gendarmes nos desarmaban las charas, pero era tanto el hacinamiento, que al final nos dejaron armarlas.

A veces era mejor que dormir en la pieza. Los colchones estaban llenos de chinches. Esos bichos me picaban todo el rato y no podía dormir bien.

Eso era lo de menos. En la cárcel me pegué el sarna, ya que no había tratamiento para esto y como vivíamos hacinados, se nos pegó esta enfermedad. Teníamos ronchas en los pies que no podíamos curarnos porque la contaminación en la cárcel era demasiada. Una vez me picó una araña y amanecí con todo el brazo dormido y despellejado, pero los gendarmes no me quisieron llevar a un hospital. Solo trasladan a los hombres que están apuñalados en peligro de muerte.

En la pieza no había baño, si me daba deseo de ir en la noche, tenía que hacer las necesidades en la misma celda. Si había que hacer pichí había que hacerlo a la orilla de la puerta, quedando el olor. Si tenía que hacer de lo otro, había que realizarlo dentro de una bolsa que luego tiraba por la ventana.

En las celdas de castigo era mucho peor. Hacía mis necesidades en calcetines o en poleras. Todo se hacía delante de los otros reos castigados que tenían que aguantar olores ajenos. Este lugar era lo peor de la cárcel. Generalmente éramos 4 personas en esa celda, pero a veces subía a 10 reos en una pieza de  3x3 metros cuadrados sin camarote.  Dormía en el suelo con pedazos de colchón y con frazadas que estaban tan sucias que llegaban a estar tiesas.

Pasé las 24 horas encerrado durante 15 días o más, sin posibilidad de ir al baño o ducharme y tenía que comer con las fuentes sucias y con la mano. No podía lavar nada porque no teníamos agua.

A esa humillación se sumaba algo que ocurría en las noches: los gendarmes llegaban curados y obligaban a los castigados a hacerles show, que hiciéramos el trencito o el paso del enano, que cantáramos o que pasáramos por el callejón oscuro donde nos pegaban con palos.

Eso lo viví en Peni durante 7 años. Estuve cuatro meses libre hasta que volví a caer por robo con intimidación. Ahí conocí la cárcel de San Miguel durante tres años. Eran principios de los 2000 y la situación era similar a la otra cárcel.

Durante el día tampoco había mucho que hacer.  No había espacio para hacer ningún tipo de deporte, ni siquiera en el patio. Siempre estaba lleno. Igual que los pasillos. No había un lugar para hacer algún taller que nos ayudara a surgir o para despejarnos.

Como tenía mucho tiempo de ocio, empecé a consumir todo tipo de drogas. La primera vez que consumí fue a los 13 años para un año nuevo, donde me fumé un pito de marihuana y aspiré pasta base. Desde ese momento me volví drogadicto.  Sin embargo,  mi peor etapa de drogadicción fue, lejos, en prisión.

Dentro de la cárcel probé la pasta base más pura, el crack, me inyecté. Me deshumanizó porque me hizo más adicto y más violento, en el sentido de que nos robábamos a nosotros mismos. Iniciábamos peleas porque andábamos curados y no podíamos pensar en nuestros errores y cómo cambiarlos. Vi a muchos morir y quemarse. Yo salí con 20 puñaladas y tengo el 30% del cuerpo quemado por esas peleas.

Han pasado casi 15 años desde que salí. Desde entonces, todo ha empeorado. Lo sé porque mi hermano está en Colina 2. Tiene días de encierros más largos, el hacinamiento es mucho peor, la comida sabe a plástico y las torturas de parte de gendarmería son mucho más intensas  que las que yo he vivido.

En estos años yo me casé, me titulé como trabajador social, me rehabilité de la drogadicción y decidí crear mi fundación “Sálvate para salvarlos” que comenzará a funcionar este año. Quiero ayudar a los ex presos a insertarse laboral y socialmente mediante una empresa distribuidora de productos de aseo y también quiero trabajar con los hijos de los reos para prevenir que caigan en lo mismo.

La idea es que no conozcan nunca este infierno.

"En la celda de aislamiento hacía mis necesidades en calcetines o en poleras. Todo esto delante de los otros reos castigados que tenían que aguantar olores ajenos. Este lugar era lo peor de la cárcel."